La tormenta castigó el árbol, el único en el parque trasero de una típica casa de un pueblo estadounidense; sus ramas están quebradas y el acontecimiento es mucho más serio de lo que parece. Ese árbol representa a Larry, el hijo de Joe y Kate que nunca regresó de la guerra. Hace tres años que no se tienen noticias de él y esta mañana Joe y su otro hijo Chris, al descubrir el daño piensan en cómo ocultárselo a Kate, quien de todas formas ya estaba enterada. Ella no se resigna a la idea de haber perdido un hijo y, alimentada por las buenas intenciones de sus vecinos, sostiene la esperanza de verlo regresar. Pero hay otros problemas por venir. Chris está enamorado de quien fuera la novia de Larry; Joe debe lidiar con fantasmas del pasado y con su propia culpa, en tanto la tragedia comienza a desplegarse y se cierne sobre la familia. Este drama en tres actos creado por Arthur Miller apenas finalizada la segunda guerra mundial, le sirvió para ganarse enemigos en altas esféras políticas que acabaron configurando el denominado "macartismo". Su crítica al belicismo, y más específicamente a los negociados que surgen del caos de una guerra de semejante magnitud, sumados al hecho de que Elia Kazan fue el director de la primera puesta, lo llevaron a estar en la mira del comité encabezado por el senador Joseph McCarthy. El sueño americano, la traición, el amor, la redención, la culpa, todo es mostrado en una puesta ágil y hasta con cierta liviandad que equilibra el drama subyacente, mérito este del director Claudio Tolcachir, y que tiene en sus intérpretes los vehículos indicados para que la apuesta sea acertada. Ana María Picchio construye a su Kate con la ductilidad que desde hace años demuestra en sus trabajos. Capaz de brindar tonos apropiados de comedia en frases precisas y al instante mutar en un dramatismo medido mas conmovedor. Lito Cruz por su parte, hace que su personaje de padre de familia simplemente fluya, naturalmente, sin estridencias, ofrece escenas magistrales junto a Picchio y Meloni, quien por su parte es capaz de equilibrar con solvencia los pasajes más dramáticos de la obra. La joven Vanesa González le saca el jugo a su Ann, con matices que le permiten ocultar la oscura densidad de sus vivencias con una máscara de fresca jovialidad. Federico D´Elia, por su parte, tiene una breve pero potente participación, con un rol que quiebra el relato y lo prepara para el clímax. La puesta es impecable tanto en lo artístico como en lo técnico, destacándose la iluminación que con sutileza enmarca la acción en el momoento del día que corresponde. Si de señalar un defecto se trata, podemos decir que las personas con algún mínimo déficit de audición pueden padecer la acústica del lugar en determinados sectores, dado que no hay micrófonos de aire que refuercen el sonido. por lo demás, vale la pena disfrutar de un clásico brillantemente interpretado por un elenco de primer nivel.
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